12 de octubre: menos pelea, más futuro
Horizonte Hispano — El Tablero Donde Jugamos Todos
Cuando yo era niño en Colombia, en los años 70, el 12 de octubre se llamaba Día de la Raza. En España lo llaman Fiesta Nacional, aunque durante generaciones fue, simplemente, el Día del Pilar. En Estados Unidos lo conocen como Columbus Day, aunque cada vez más estados y ciudades lo celebran —o lo sustituyen— como Indigenous Peoples’ Day. Cuatro países, cuatro maneras distintas de nombrar la misma fecha. Esa variedad, por sí sola, ya dice algo: no estamos ante una fiesta con un significado claro y compartido, sino ante un territorio en disputa desde hace más de un siglo.
En los últimos años, esa disputa se ha endurecido. Sectores de izquierda sostienen que no hay nada que celebrar, que el 12 de octubre conmemora el inicio de un genocidio. Sectores hispanistas responden con la misma intensidad, reivindicando el legado español frente a lo que llaman una leyenda negra fabricada por sus enemigos históricos. Ambos bandos pelean con pasión. Pocos se detienen a preguntar de dónde viene, exactamente, esa pelea.
Una disputa importada, no una conversación propia
El término “Día de la Raza” no nació en América, sino en España, hacia 1913-1918, impulsado por la Unión Ibero-Americana como gesto de hermandad transatlántica. Curiosamente, el nombre que hoy algunos consideran colonialista nació como un intento de unión, no de dominación.
Ni siquiera España se quedó con él. En 1935, bajo la Segunda República, el escritor Ramiro de Maeztu propuso por primera vez el nombre “Día de la Hispanidad” en un ensayo publicado en la revista Acción Española. Fue el régimen de Franco quien lo oficializó por decreto en 1958. Ya en democracia, en 1981 —bajo el gobierno de UCD de Leopoldo Calvo-Sotelo, apenas meses después del 23-F, se reafirmó como “Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad”. Pero en 1987, el gobierno de Felipe González, con mayoría absoluta del PSOE, eliminó toda mención a la Hispanidad mediante la Ley 18/1987, dejando el nombre reducido a “Fiesta Nacional de España”. La ley no explica del todo por qué, más allá de hablar de “cierta confusión” en la denominación — pero el contexto es sugerente: España acababa de entrar en la Comunidad Económica Europea (1986) y de instituir, dos años antes, el 6 de diciembre como Día de la Constitución. Todo apunta a una España que, en ese momento, prefería construirse una identidad cívica y europeísta antes que una ligada al relato imperial y atlántico que cargaba la palabra “Hispanidad” desde el franquismo.
Y la propia “leyenda negra” —la idea de que España fue excepcionalmente cruel frente a otras potencias coloniales— tiene también un origen documentado: comenzó como propaganda política holandesa e inglesa en el siglo XVI, en plena guerra religiosa y comercial contra España, no como un balance histórico sereno.
Cada país construyó su propia fiesta — y enterró la hispana en el camino
Lo que le pasó a España con el nombre de esta fecha no es un caso aislado: es el patrón que se repite, con variaciones, en todo el mundo hispanohablante. Casi ningún país de herencia española llama hoy al 12 de octubre de la misma manera, y la razón no es casualidad: cada uno ha usado la fecha para construir su propio relato nacional, no uno compartido.
Argentina la llama “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”. Venezuela, “Día de la Resistencia Indígena”. Ecuador, “Día de la Interculturalidad y Plurinacionalidad”. Bolivia, “Día de la Descolonización”. Chile, “Día del Descubrimiento de los dos Mundos”. México conservó, durante décadas, “Día de la Raza”. Estados Unidos se debate entre Columbus Day e Indigenous Peoples’ Day, según el estado o la ciudad. Y España, como vimos, terminó en la neutralidad institucional de “Fiesta Nacional”.
Ninguno de estos nombres apunta hacia afuera, hacia lo que compartimos. Todos apuntan hacia adentro, hacia la construcción —legítima, cada una en su contexto— de una identidad nacional propia: la Argentina pluricultural, la Venezuela bolivariana, el Ecuador plurinacional, la Bolivia descolonizada, la España constitucional y europea. El resultado, sumado país por país, es que la posibilidad de una fecha que nos una como pueblo hispanohablante se fue fragmentando en veinte proyectos nacionales distintos, cada uno compitiendo por definir el significado del 12 de octubre según sus propias urgencias políticas internas. Priorizamos construirnos como naciones separadas antes que reconocernos como una civilización compartida — y ese fue, quizás, el verdadero costo oculto de todos estos cambios de nombre.
El otro nombre en disputa: ¿Hispanoamérica o Latinoamérica?
La misma lógica aplica a cómo nos llamamos a nosotros mismos, no solo al día que celebramos. “Latinoamérica” no es, como muchos asumen, un término que nació de nuestra propia conciencia continental. Se popularizó a mediados del siglo XIX gracias al economista francés Michel Chevalier, bajo el auspicio de Napoleón III, como parte de una estrategia geopolítica francesa para disputarle influencia a Estados Unidos frente a la Doctrina Monroe —y para justificar, años después, la intervención militar francesa en México. El término que hoy reivindican muchos sectores progresistas como alternativa “descolonizada” a “Hispanidad” tiene, en realidad, un origen tan externo e imperial como el que se le critica a su contraparte: no nació aquí, nació en París, para servir intereses franceses.
“Hispanoamérica”, en cambio, describe algo más preciso y verificable: los países donde el Español es lengua predominante, con una historia, una religión y un derecho compartidos durante tres siglos. Es, de los tres términos en disputa —junto con “Iberoamérica”, que añade a Brasil y Portugal—, el que mejor refleja la realidad mestiza que realmente somos: ni una “raza latina” en sentido estricto, ni una identidad definida solo por oposición a España, sino el resultado concreto del encuentro entre lo español y lo indígena.
En Horizonte Hispano prefiero usar “Hispanoamérica” por esa precisión, no por afinidad con quienes en España instrumentalizan el término desde una óptica nacionalista y excluyente. Ese uso también me resulta ajeno: la Hispanidad que me interesa, la que impulso desde Gelan, no es patrimonio de ningún partido ni de ninguna nostalgia imperial, sino un hecho cultural compartido por cientos de millones de personas a ambos lados del Atlántico. Nuestra herencia cultural nos pertenece a todas por igual, identifíquese cada uno como quiera identificarse políticamente.
La identidad no se decide por izquierda o derecha — va antes
Y aquí está, quizás, el punto más importante de todo este artículo, el que de verdad queremos dejar sobre la mesa: no podemos seguir discutiendo quiénes somos como pueblo hispanohablante y mestizo a través del filtro de la pelea izquierda versus derecha. Ese orden está invertido.
La identidad —el hecho de que compartimos una lengua, una historia entrelazada, una herencia que es a la vez indígena y española, una forma de ver el mundo— no es una conclusión a la que se llega después de tomar partido político. Es, al contrario, el terreno común sobre el cual cada quien puede, legítimamente, inclinarse hacia una ideología u otra. Primero somos un mismo pueblo hispanohablante; luego, cada uno tiene sus particularidades nacionales o regionales y después, dentro de ese pueblo, habrá quienes prefieran el socialismo y quienes prefieran el libre mercado, quienes defiendan más al Estado o quienes defiendan más al individuo. Eso es sano, es el pluralismo normal de cualquier sociedad democrática.
El problema aparece cuando invertimos el orden: cuando convertimos la identidad misma —si somos “indígenas” o “hispanos”, si debemos sentir orgullo o vergüenza de nuestra herencia— en una batalla más de la guerra cultural izquierda-derecha. Ahí perdemos todos, porque dejamos que una fecha, un término, una herencia compartida por más de seiscientos millones de personas quede secuestrada por el bando que grite más fuerte en cada país, en cada momento electoral.
Lo primero, entonces, es reconocernos como lo que somos: un mismo pueblo hispanohablante, mestizo, con raíces europeas, americanas y africanas, y con una historia común que no empieza ni termina en 1492. A partir de ahí, por supuesto, habrá debates —académicos, serios, necesarios— sobre cómo interpretar cada capítulo de nuestra historia. Pero esos debates, cuando lleguen, deberán darse hechos por nosotros mismos, serenos, en nuestros términos, en nuestra propia lengua, no importados de las batallas culturales de otros países que ni siquiera comparten nuestro idioma.
Mientras discutimos el pasado, el presente espera
Historiadores como Juan Miguel Zunzunegui cuestionan hoy que lo ocurrido en 1492 cumpla con las características que definen un genocidio, y recuerdan que muchos pueblos originarios recibieron — e incluso se aliaron — a los españoles frente a imperios propios, como el Azteca, que ejercían sobre ellos un dominio mucho más brutal. Marcelo Gullo va más allá: sostiene que el mayor triunfo de la leyenda negra no fue deformar la historia, sino lograr que los hispanoamericanos dejaran de sentirse parte de una misma familia con España —fracturando una unidad cultural que, según él, ni siquiera Bolívar ni San Martín buscaban romper del todo, sino reformar.
En Estados Unidos, el debate tiene otra textura. Alfonso Borrego, descendiente directo del líder apache Gerónimo, ha hecho de desmontar la leyenda negra en Inglés su misión personal. Su frase es contundente: España no debería pedir perdón por conquistar América, sino por haberla dejado. Recuerda Borrego que las reservas indígenas que hoy existen en Montana, Colorado, Florida o Texas no las creó España, sino el ejército estadounidense, ya bajo soberanía angloamericana. Es un dato incómodo para el relato que sostiene que la violencia contra los pueblos originarios terminó con la llegada de Colón: para muchas naciones indígenas de Norteamérica, en realidad, apenas estaba empezando.
Pero aquí está lo que de verdad importa: ya sea que un lector simpatice más con la visión indigenista o con la hispanista, ambos bandos siguen discutiendo el siglo XVI o el XIX. Mientras tanto, mucho más de seiscientos millones de personas que hoy hablamos Español —en México, en Colombia, en Argentina, en Puerto Rico, en España y en millones de hogares en Estados Unidos— seguimos compartiendo identidad, lengua, tradiciones, cultura, raíces y, sobre todo, un destino común que aún aguarda que decidamos construir juntos.
Lo que proponemos desde Horizonte Hispano
En GELAN no venimos a legislar quién tuvo la razón en 1492 o en 1810. Esa es una conversación que los historiadores —y cada lector, desde su propia conciencia— seguirán teniendo, y está bien que así sea. Pero no puede ser la única conversación, ni la que defina nuestro futuro. Tenemos que aceptar el pasado, reconocer el presente y poner la vista en el futuro.
Horizonte Hispano existe para mirar hacia adelante: hacia una comunidad hispanohablante viva y presente en toda América, más integrada, menos fragmentada por batallas que, en su mayoría, ni siquiera elegimos pelear nosotros mismos. No se trata de nostalgia imperial ni de resentimiento poscolonial. Se trata de reconocer que la lengua que compartimos, la herencia étnica y cultural hispana, africana, aborigen y mestiza que nos define, y la unión que tuvimos —antes de que la fragmentación del siglo XIX la destruyera— siguen siendo, aún hoy por hoy, una gran plataforma que tenemos disponible para proyectarnos al futuro. Solo falta decidir usarla.
Esa es la vocación por la que trabajamos en GELAN.

